Tegucigalpa- “Cuando era muy joven, me hicieron creer en falsas promesas. Ponerme una venda en los ojos fue la forma en que abusaron de mi confianza y cortaron mis alas para que no pudiera volar”, menciona Ana María, una valiente mujer de nacionalidad panameña que hoy levanta su voz como sobreviviente de explotación sexual.
Con un gesto que combina la memoria del dolor y la fuerza del presente, Ana María suspira y recuerda cómo, siendo apenas una niña de 12 años, fue atrapada y sometida a redes de explotación sexual. Por mucho tiempo vivió bajo el sometimiento, la intimidación y la violencia constante, en un entorno donde su libertad y sus derechos le fueron arrebatados brutalmente.
Los agresores ejercieron un control absoluto sobre ella, privándola de su infancia, arrebatándole el derecho a continuar con sus estudios y aislándola por completo de su entorno. Sus días transcurrían en la penumbra y sin una salida visible, atrapada en una realidad de angustia e injusticia. “¡Sufría mucho, no veía una luz al final del camino!”, exclama.

Sin embargo, el punto de quiebre en su vida llegó cuando tuvo acceso a espacios de formación, acompañamiento y redes de apoyo enfocadas en derechos humanos y protección. A pesar del miedo y las amenazas que la rodeaban, Ana María comenzó a asistir a talleres y capacitaciones sobre igualdad de género, prevención de la violencia, rutas de denuncia y detección de redes de trata y explotación.
Al adquirir estos conocimientos y herramientas, Ana María inició un proceso de empoderamiento y sanación. Descubrió que tenía derecho a decidir sobre su propia vida, a ser libre y que no merecía ser violentada ni explotada. Con determinación, logró salir definitivamente del círculo de explotación y alzó su voz ante las autoridades para denunciar a sus victimarios.
Reconectarse con sus sueños le permitió retomar su educación. Ana María completó sus estudios secundarios y continuó capacitándose en áreas de promoción social y defensa de los derechos humanos.

Hoy en día, Ana María es una reconocida lideresa comunitaria y defensora de los derechos de las mujeres y la niñez. A través de su trabajo voluntario y su testimonio de vida, apoya activamente a otras mujeres y jóvenes a identificar señales de riesgo, prevenir situaciones de violencia y romper patrones de abusos.
“Tengo 21 años, decidí contar mi historia para que otras mujeres y niñas del mundo no caigan en los mismos engaños. Nadie debe dominarnos ni usarnos. Tenemos derecho a ser libres, a estar seguras y a vivir con dignidad. Hago un llamado a que conozcamos nuestros derechos y alcemos la voz para que prevalezca nuestro derecho a la vida y a la libertad”, concluye con firmeza. EGN



